Pablo Cotler, académico de la IBERO, señala que la tecnología no basta para cambiar los hábitos
Aunque 86% de la población utiliza internet y 76% de las personas adultas cuenta con algún producto financiero formal, el efectivo continúa dominando las transacciones cotidianas en México. Para el economista Pablo Cotler, de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, esta situación no se explica por la falta de tecnología, sino también por los costos que enfrentan los comercios, los hábitos de consumo y la confianza en las alternativas digitales.
El académico del Departamento de Economía señala que el país cuenta desde hace dos décadas con el Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios, además de herramientas como CoDi, que funciona desde 2019 mediante códigos QR, y DiMo, lanzado en 2023 para transferir dinero utilizando el número de teléfono celular. Sin embargo, su adopción sigue siendo limitada: de acuerdo con los datos que recupera Cotler, hasta octubre de 2026 menos de tres millones de cuentas habían utilizado CoDi para realizar al menos un pago, mientras que DiMo registró menos de dos millones de operaciones durante los primeros nueve meses de 2025.
Al comparar la experiencia mexicana con la de Brasil y Perú, Cotler identifica factores que han favorecido el uso cotidiano de los pagos digitales en esos países: facilidad de uso, bajos costos, interoperabilidad y una mayor cantidad de establecimientos que aceptan estas operaciones. También destaca que las transferencias gubernamentales durante la pandemia acercaron a sectores de la población a los servicios financieros digitales y contribuyeron a ampliar su utilización.
Ante la aprobación de medidas legislativas para impulsar los pagos electrónicos en México, el especialista advierte que obligar a los establecimientos a aceptar estas alternativas no garantiza que las personas dejen de utilizar billetes y monedas. Para los pequeños negocios, las operaciones digitales pueden implicar comisiones, gastos de conectividad, dificultades administrativas y problemas cuando falla la tecnología. Los consumidores, a su vez, pueden enfrentar obstáculos por falta de familiaridad con las aplicaciones o desconfianza en las instituciones.
El reto, plantea Cotler, es lograr que los beneficios de pagar digitalmente sean mayores que sus costos. Para ello se requieren incentivos, herramientas accesibles y condiciones que permitan incorporar tanto a los pequeños comercios como a los consumidores. La disponibilidad de aplicaciones y servicios bancarios, por sí sola, no cambia las costumbres, el uso de estos medios debe resultar conveniente para quienes compran y para quienes venden.



