Como no recordar aquel 16 de agosto del 2009. Prendí la televisión a la 1:00 de la tarde y rápidamente puse la transmisión del mundial de atletismo. Si bien en esos eventos la gente siempre llena los estadios para ver y apoyar a sus atletas favoritos, sentí que esa vez había más personas de lo que permitía el inmueble; los asistentes estaban realmente emocionados, como diciendo: “Hoy vamos a presenciar historia”. Y, ¿Saben qué? No se equivocaron.
Todos esperaban el último evento de la tarde, aquel que prometía ser inolvidable. La emoción era tanta que un comentarista dijo: “¡WOW! Todo el mundo se va a paralizar al menos 10 segundos para ver a este hombre”. De alguna manera todos querían ver si Bolt era capaz de igualdad su record de 9.69 segundos, pero el jamaiquino nos tenía reservado algo más épico.
La tranquilidad y confianza que tenía era impresionante. A decir verdad, nunca vi a un deportista de alto rendimiento tan confiando de su victoria. Él sabía que a sus 22 años, podría convertirse en una leyenda del deporte.
Todos los competidores tomaron su lugar para comenzar con la carrera. En la presentación, cuando se escuchó “¡EL JAMAIQUINO, USAIN BOLT!” todo el mundo, sin importar de que país fueran, se puso de pie para recibir al atleta. Siendo sincero, fue la primera vez que veía que una sola persona era ovacionada por todo un estadio.
“La gran final de los 100 metros planos está por comenzar, todos se ubican es sus carriles correspondientes para dar inicio a la carrera” decía con gran énfasis el narrador.
Se oye el disparo de inicio y todos salen a gran velocidad. Todas las carreras de este tipo son muy parejas, pero la velocidad que Usain imprimió en los primeros 75 metros fue algo el mundo nunca vio. Logró despegarse de todos sus contrincantes al menos 1 metro. Bolt lo hizo ver tan fácil que hasta se dio tiempo para voltear y sonreír a la cámara. ¡Detuvo el reloj en 9:58! Era una completa locura, nadie lo podía creer.
El estadio Olímpico de Berlín se rindió a la nueva leyenda del atletismo. Una gran oleada de aplausos y gritos manifestaba la admiración que tenían al nuevo REY DE LA VELOCIDAD.
En ese momento no tuve palabras para describir lo que mis ojos vieron. Fueron los mejores 10 segundos invertidos en la televisión de la vida. Fue impresiónate ver a un hombre capaz de rebasar los 44 KM/H. Fue impactante ver al hombre más rápido del mundo en acción. Pero, sobre todo, fue mágico y conmovedor saber que los limites no existen para nadie.
Sí, quizás el talento es necesario para hacer o ser cualquier cosa que deseemos, pero lo más importante es tener constancia en lo que hacemos. Usain Bolt sabía que si quería ser el mejor del mundo tenía que entrenar todos los días, enfocarse en sus metas y no desmotivarse después de que en las olimpiadas de Atenas 2004 no clasificará a la final de su competencia. Ese 9.58¨ que logró en Berlín fue producto de sus ganas, su disciplina y, sobre todo, del gran valor que tuvo a reponerse de todas las caídas.
Lo que vimos a este monstruo fuimos privilegiados, porque no habrá nadie como él en muchísimo tiempo.








